Cap. 10 Muerte
La radio murió completamente, ahora estábamos vagando sin rumbo buscando desesperadamente la salida. En poco tiempo las coladeras serían purgadas por cientos de litros de agua a presión.
-¡Rápido, suban por esta escalera!- le grité a todos en forma de orden; uno a uno subieron pero atrás se quedaron Don Arturo y sus hijos, la cara de ella estaba congelada en una expresión que tildaba entre el llanto y la consternación. Repetí la orden, Don Arturo volvió la mirada hacía a mí e inmediatamente tomo a su pequeño en brazos y los tres subieron por la escalera.
¡Dios mío! Estaba completamente exhausto, mis piernas no podían más, tenía que hacer un gran esfuerzo para seguir en pie. Me detengo para tomar aire por solo unos segundos… eso es… respiro lentamente para recuperar aire, ahora exhalo… Bien, bien… con calma. Y de repente todos regresan corriendo y gritando…
-¿Qué pasa? ¡¿Qué ocurre?!- les pregunto.
-No hay tiempo, solo corre…- me contesta Ofir
-Imbécil, ¿Por donde nos has traído?- me grita furiosamente Alberto, mientras sigue corriendo de regreso.
Miro hacia la dirección contraria y puedo verlo, no uno, ni dos, varios de ellos caminando torpemente por las cloacas…
-Pero ¿como? ¿Por qué?- exclamo- Se supone que tendríamos tiempo, que esta ruta estaría libre de ello…
Instintivamente Alberto me jala, para que vuelva en mí y empiece a correr.
-¡Sigue corriendo, Idiota!- me grita.
Alberto, Felizia, quien cargaba al pequeño y yo entramos en una y otra coladera, buscando perderlos… pero no había ruta segura en donde no pudieran estar ellos.
-¡Esto esta mal, muy mal!- les decía – están por todos lados.
No me explicaba por que todo estaba así, quería una respuesta, pero no había tiempo de analizar las cosas… todo pasaba muy rápido mientras corría… Algo… se me estaba olvidando.
-¡Los demás…! ¿Dónde están los demás?- preguntaba yo con voz de cuello. No era posible… perdimos a los demás, en medio de todo esto, en medio de todas estas aberraciones… ¡los perdimos, Dios!… ¿Qué es de ellos? ¿Dónde están? Y la mayor pregunta de todas ¿Siguen con vida?…
-No lo se- me contestó Alberto con la misma ansiedad en la que pregunté yo.- ¡Los perdí de vista cuando te jalé!- agregó.
¿Trataba de echarme la culpa? Eso parecía, pero no tuvo tiempo siquiera de pensar en eso, con todo lo que nos estaba pasando… solo lo dijo, por que así fue como ocurrieron las cosas.
Afortunadamente, Alberto llevaba una lámpara de casco consigo, eso es una gran ventaja: al menos veíamos por donde íbamos; rápidamente traté de sacar el mapa tridimensional de la red para saber como movernos…
-¡Vamos, vamos!- susurré, como si rogarle al pequeño aparato tuviera efecto para salvarnos la vida.- ¡Bingo! Lo tengo…- la pequeña maquina me mostró un conducto cerca de donde estábamos.- Es aquí- les grité mientras entrábamos a una coladera y les señalaba hacia arriba.
-¿Cómo subiremos?- preguntó ella
Con una gran habilidad, de esas que solo podemos tener los pescadores, trepé por varios tubos, para poder abrir aquel conducto, hasta que un grito me distrajo de mi faena.
-¡Aaaaaaaaaah! Están aquí- al momento en que volteamos vimos como varios de ellos se acercaban hacia esta entrada.

Alberto tomo la rejilla, que servia para retener los desechos sólidos mas grandes… y con un gran esfuerzo intentaba cerrarla… no era suficiente… no había tiempo para seguir tratando de abrir esto así que bajé de un salto para ayudarle; Felizia bajó al pequeño y se unió al esfuerzo. ¡La rejilla por fin se movía!
Justo en el momento en que se proponían a abatirnos con los brazos pudimos atrancarla.
-¡No creo que resista mucho!- me dijo Alberto. No podía creerlo, no era el mismo, ahora su cara, que por años me acostumbré a verla hosca y con enojo, ahora estaba totalmente descompuesta por el miedo. Y sus palabras, que siempre fueron hirientes y duras, eran temblorosas y no iban acompañadas de insultos hacía mi persona.
-Si, entiendo- contesté; entendía que no había tiempo que perder, que debía apresurarme a abrir esta tubería. Respondiendo al trabajo de mis hábiles aunque temblorosos dedos la puerta cedió, Alberto se posó en los tubos que yo antes utilicé como peldaños para ayudar a su esposa e hijo a subir. Felizia le pasó al pequeño, él me lo dio a mí para que pasara primero.
Los no-muertos estaban ávidos y listos ahora que ya nos habían visto, embestían con gran fuerza, aunque uno solo no habría representado problema alguno, decenas de ellos estaban listos para fastidiarnos. Alberto tuvo razón. La rejilla no resistió mucho. Justo en el momento en que Alberto le extendió la mano a Felizia, la rejilla se vino abajo, provocando con su caída el desplome de otros muchos fierros y tubos que había, como en los que estaba apoyado Alberto.
Ambos cayeron, estaba impresionado, pero tenia que reaccionar… era cuestión de segundos antes de que las cosas se complicaran y tuvieran un desenlace fatal. Me incliné lo mas que pude y con mi mano libre, pude tomar a Alberto, a quien jalé velozmente, hacía arriba; ahora que estaba a salvo se agarró de mi para realizar la misma maniobra con ella. Pero algo pasaba, ella estaba atorada entre tanto desastre.
-¡Vamos, vamos! ¡Tu puedes!- le decía él a ella, mirándola firmemente a los ojos
-No puedo- ella comenzó a llorar, los zombies estaban a pocos metros de ella- ¡vete tú! ¡Tienes que cuidar a nuestro hijo!- le gritó
Alberto miró hacia enfrente, sus ojos nuevamente se llenaron de odio, automáticamente sacó un arma automática de su bolsillo y le disparó a cada cosa se aproximara a ella.
-No te dejaré aquí… ¡Tu no vas a morir aquí!- Gritó
Cada vez resistía menos, me estaba quedando sin fuerzas, eran muchos allá abajo. Y el peso de él me tiraba hacia abajo. Alberto trató una vez más de extender su mano lo mas que se pudiera pero si la primera vez fue difícil, este segundo intento resulto más aun con ellos arriba de los tubos. Como un depredador a su presa se aventaron hacia ella. Sus gritos de dolor y desesperación me crisparon los nervios.
-¡Alberto suéltame!, ¡déjame! Tienes que ver por nuestro hijo.- le gritaba entre tanto dolor.
Alberto se negaba a ver la realidad, cerró los ojos. Los mantuvo así
-Te amo- le gritó al momento de soltarla, y al hacerlo se apoyo en mí y pude ver como su llanto escapaba, y apoyaba su cara en mi hombro.
No tenía palabras, no tenía aliento, no tenía ya fuerzas… No tenía vida ¡Estaba muerta!