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CAP. 14 SUERTE

 

Hugo estaba igual de impactado, no sabía qué hacer, la mirada de la Sra. Parrens estaba hacia arriba, pero por más que intentó moverla no pudo. No le quedó más remedio que seguir subiendo. Al llegar arriba su hermana le preguntó por su esposo.

 

-No lo sé- dijo, aun no podía creer lo que había sucedido- Se quedaron abajo. No pudieron subir…

 

Rey lo miró con rabia, pero no hacia a él, con furia comenzó a golpear su pecho y a repetir una y otra vez con llanto y quejido la pregunta que a todos nos invadía la mente “¿Por qué?”. ¿Por qué tuvo que pasar? ¿Por qué, si ya lo había recuperado? ¿Por qué la había dejado sola?

 

Myriam por su parte, no escuchaba, pero intuía lo que había ocurrido. Desconsolada echó a correr, no importándole el rumbo, solo quería correr, alejarse, quería despertar, creer que era solo un mal sueño.

 

-Myriam, ¡espera!- gritó Rey, al darse cuenta de la situación. Así que decidió ir tras ella, junto a Hugo y el Sr. Arturo detrás de ella.

 

Rey pudo alcanzarla, la encontró parada, en un extremo…Estaba quieta, mirando hacia la nada, Rey comenzó a hablar, trataba de hallar una explicación no solo para consolar a Myriam, sino para consolarse ella misma, para entender las cosas.

 

Obviamente no iba a ver respuesta y Rey no esperaba una. Pero el silencio y la quietud de Myriam no se debía solo a la tristeza; desconcertada Rey miró hacía donde ella miraba y la misma consternación le hizo presa: frente a ella estaba una cara conocida, que al igual que ellas estaba parada, inmóvil, analizándolas con la mirada. Pero esa no era la condición en que querían verla.

 

Seguramente maldecían a su suerte en ese momento: Felizia estaba frente a ellas, con los brazos, la cara, todo, todo lleno de mordidas, sus ojos estaban vidriosos y de su boca escurrían secreciones y fluidos de su cuerpo ya muerto; dicen que quizás estas aberraciones conservan un poco de memoria, si era eso, ambas corrían con una buena fortuna, ya que no se movía.

 

Lentamente ambas dieron pasos atrás, esperando no llamar la atención de ella más de la cuenta. Si existiera la telepatía ese era un buen momento para haberla usado, pues Hugo y el Sr. Arturo llegaron armando escándalo por la preocupación de que ambas se hubiesen alejado. ¡Mala idea! Los gruñidos y gritos se hicieron fuertes, no solo estaba ella, habían mas, muchos muertos que estaban acechando entre las sombras. Sí, pareciera que esos engendros les habían puesto una trampa.

 

-¡¡CORRAN!!- gritó Hugo.

 

Hubiera sido cómico, si la situación no fuera de vida o muerte. Al girar rápidamente para emprender la huida Hugo chocó directamente con una tubería, dejándolo a merced de los zombies. Uno a uno se aventaron hacía él, disfrutando de su presa, arranco a mordidas cada pedazo.

 

Si, fue cruel, pero así sucedió. Créanme que nunca olvidaré todo esto, hasta en mis vigilias me acosaran para siempre estos ingratos recuerdos.

 

El resto del grupo permanecía en silencio, solo esperaban, vieron correr frenéticamente a las muchachas e instintivamente hicieron lo mismo, pero ahora, sin Hugo, sin Toño, sin Alberto, sin Ofir y sin mí, se hallaban sin rumbo, perdidos…

 

-Ahí, ahí está la salida-gritó don Arturo, con una expresión de alivio.

 

Si, estaban muy cerca de la salida, de la salida que aquel desconocido les había trazado, tenían suerte, era un tramo corto, donde cada extremo tenía una rejilla, la primera, nuevamente por suerte abierta.

 

-¡Corran no se detengan!- gritó don Arturo, mientras cerraba la rejilla y la atoraba con una varilla, casi ningún esfuerzo para un hombre fornido como él.

 

-Ay no- exclamó Liz, al darse cuenta que el agua subía cada vez más rápido, para ella seguir corriendo con su hermanito a cuestas resultaba agotador, pero no se rendía, no estaba dispuesta a perder a nadie más… ni siquiera tenía tiempo para llorar. Aquella chica de 21 años corría por su vida. Pensando en todo lo que tenía por delante, quería casarse, viajar, tener una familia, tener su propio vivero, muchos sueños que no se permitiría perder; de pronto recordó las palabras de la Sra. Parrens: *No vamos a morir aquí querida*- No, no lo haremos- se repitió a ella misma. Mientras veían el final del camino.

 

El estruendoso sonido de la compuerta cerrándose la hizo desconcentrarse de sus pensamientos. La descarga a presión se daría dentro de poco y la compuerta se cerró para preparar esta. Liz volvió la mirada hacia atrás y lo noto. La suerte estaba cambiando, su padre quedó del otro lado de la compuerta. No lo podía creer, nadie ya creía que toda esta mier.da fuera verdad.

 

No había tiempo, ¡Maldita sea! Las cuatro chicas corrieron hasta el final, esperanzadas de hallar el final de sus tormentos. Pero la suerte se les había agotado. La salida estaba cerrada con una rejilla.

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